sábado, 28 de septiembre de 2013

LEY DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Gonzalo Moure Trenor Figueras (Castropol), Asturias. 21 SEP 2013 - 00:00 CET

En diciembre de 1971, en el estado de excepción por el juicio de Burgos, estuve 11 días detenido en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol. Todos los días, todos, recibí palizas indescriptibles, casi continuas, y en especial de Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño. Como resultado sufrí una lesión en el oído medio que me hacía perder el equilibrio, como así fue denunciado públicamente por mis abogados, y de la que nunca me he recuperado del todo. En el curso de las palizas, destinadas a que “cantara” y denunciara a mis compañeros de partido (sin éxito), el citado inspector aseguraba haber acabado con la vida de Enrique Ruano, y de ir a hacer lo mismo conmigo. Dos años después, el mismo González Pacheco firmó una denuncia falsa en mi contra, me detuvo personalmente, y volvieron las palizas, que calificaría de tortura, durante 72 horas. Al acabar la dictadura, como muchos otros, decidí perdonar, pero nunca olvidar en mi fuero interno, a la espera de que España entera recordara los horrores de la dictadura y firmara un pacto de auténtico “nunca más”. Eso no ha sucedido y la Ley de la Memoria Histórica es una caricatura de lo que otros países han logrado, saneando su salud mental colectiva. Ni me alegro siquiera de que una juez argentina reabra estos casos, que no serían necesarios con una ley que sellara en España una verdadera reconciliación. Si me sumo a la denuncia pública es para que la apertura del proceso en Argentina sonroje a nuestras autoridades y, de una vez para siempre, asuman la memoria y el peso de la historia y dicten leyes para que algo así no se pueda repetir jamás. Entonces sí, sellaré definitivamente mi perdón.— Gonzalo Moure Trenor.



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