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| Manuel Alcaraz Ramos | Profesor Titular de Derecho
Constitucional en la Universidad de Alicante |05
Mayo 2014 - 16:35 h.
Ya están
aquí las Elecciones. Que me perdonen los apocalípticos y populistas de ambas
orillas, pero a mí me gustan los procesos electorales: soy un firme defensor de
la democracia representativa –aunque no excluya modelos de democracia
participativa - y aunque me moleste la rutinaria afirmación de políticos y
periodistas aburridos, también creo en eso de la “fiesta de la democracia”.
Pero entiendo que las Europeas no son lo más emocionante que podemos imaginar:
en las quebradiza cotidianeidad hay demasiada amargura como para que los ecos
europeos conmuevan como antaño. Si antes Europa fue la promesa, hoy es
desconcierto y la convicción de que los órganos comunitarios sólo saben hablar
el lenguaje del neoliberalismo insolidario. Cuando constatamos esta deriva, que
ahoga el prestigioso pluralismo de antaño, reconocemos que sólo con cambios en
las mayorías políticas los asuntos se abordarán con otras trazas. Y sabemos que
serán cambios, ahora, en el Parlamento Europeo y, luego, en los Parlamentos y
Gobiernos de los Estados. Para largo me lo fiais, dirá alguno. Y tendrá razón.
¿Pero hay otra alternativa? Quizá la perspectiva se vuelva algo más optimista
si imaginamos que no será preciso que el cambio pase por mayorías matemáticas:
quizá sólo sean precisas minorías alternativas y progresistas que avisen a los
poderes más enquistados que su control no es tan absoluto, que estas Elecciones
son un sismógrafo de futuros movimientos en la política europea. Que les digan
que, jugando con fuego, van a empezar a quemarse.
Hay emoción,
pues. Contenida pero suficiente como para que apreciemos que estas Elecciones
traen novedades. La principal es la alteración esencial del modelo
bipartidista. No es que el bipartidismo, siempre, sea malo: lo que es malo es
haber llegado a un bipartidismo aposentado en las trampas y egoísmo de los
grandes y en su manía por disfrazar de enfrentamiento las múltiples
coincidencias en la forma de concebir la política. Pero llegar a entender eso va
a empujar por los bordes del sistema a millones de electores. Así, el primer
factor dicotómico no será PP/PSOE sino votantes/abstencionistas. Y pueden ganar
los abstencionistas. Eso va a suponer un refuerzo para las políticas más
reaccionarias, pues expresará, con su espeso silencio, una apuesta por valores
muy conservadores, los de quienes quieren salir de la crisis, pero manteniendo
la misma pasividad, los mismos privilegios, el mismo consumismo suicida que
condujo a ella. A los que así piensan y sienten les viene de perlas decir que
todos son iguales, no votar para poder seguir anclados en la queja ciega y
cómplice: el ataque general a la política y a los políticos es el mejor mensaje
para los mercados y los mercaderes.
Pero el
segundo factor de polarización tampoco será PP/PSOE, sino entre quienes no
conciben otro voto que no sea para uno de los dos grandes y aquellos que
apuestan por romper el bipartidismo, desde el convencimiento fundado de que
esos dos partidos han sido responsables de habernos sumido en la crisis y de
haberse quedado con las esperanzas. Ello no significa que, necesariamente,
pensemos que PSOE y PP son iguales. Yo no lo creo, pero sí creo que el PSOE
sigue siendo incapaz de convencer a sus electores potenciales de que A) tiene
alternativas que vayan más allá de contraponerse verbalmente al PP, y B) que si
llegan al Gobierno no repetirán su misma política económica y social
conservadora. No es una cuestión de fe ni de venganza: es la constatación de
una deriva histórica y de un comportamiento general de la socialdemocracia
europea que merece de mejores análisis y de mucho valor moral para ser
cambiado. Y, mientras, el PP se limita a la contención, al disfraz pertinaz de
sus miserias, a ser el brazo ejecutor de la clase poderosa en este episodio de
la lucha de clases. No es extraño, pues, que parte del electorado anteriormente
“bipartidista” esté esta vez dispuesto a probar otras alternativas. Que voceros
del PP y del PSOE –en curiosa unanimidad- les acusen de tirar el voto o
prediquen el sufragio útil, sólo conseguirá reforzar la tendencia: una de las
cosas que los ciudadanos ya no toleran a los dos grandes es el desprecio, la
soberbia, el uso de anteojeras que les impiden ver más allá de sus
argumentarios prefabricados. He aquí, pues, la paradoja clave en estas
Elecciones: PP y PSOE serán los que más escaños consigan, pero sus resultados
les van a preocupar mucho y su sabor será amargo, por más que lo maquillen con
la sacarina de las sonrisas de cartón en la noche electoral. Sabrán que las
campanas están doblando por la única forma que han conocido de hacer política.
Y eso les da mucho miedo.
Pero aún hay
otra contradicción: la que se establece entre las fuerzas distintas de los
grandes. Dejando de lado –aunque serán de gran interés- los resultados de
nacionalistas, la noticia es la emergencia de formaciones a la derecha y a la
izquierda que pueden tener resultados importantes, sobre todo como banderines
de enganche para futuros comicios: estas Elecciones pueden ser el bautizo de
autenticidad de algunos. La cosa es más significativa en la izquierda e incide
en un fenómeno de alcance europeo: la hemorragia de la socialdemocracia está
alimentando formaciones de radicalidad democrática, anticapitalistas y verdes
que, poco a poco, van conformando un bloque digno de ser tenido muy en cuenta,
sobre todo si es capaz de imaginarse a sí mismo desde la pluralidad y no desde
la atomización y converger en torno a proyectos comunes compartidos con
movimientos sociales como los sindicatos o grupos ecologistas.
¿Debemos
esperar un tsunami? No. Pero estas Elecciones, muy posiblemente, serán el final
de una inercia y la base de cambios de más largo alcance. Esto no va a ser una
Revolución, pero a algunos les va a quitar el sueño. El asunto, entonces, es
cuántos quieren participar como protagonistas y cuántos prefieren refugiarse en
el miedo al cambio y en las sombras de la indolencia.
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