El historiador
Julián Casanova en su libro La Iglesia de Franco, en el capítulo III y que
lleva por título "La justicia de Dios", nos acerca a la figura del
padre capuchino navarro Gumersindo de Estella que escribió unas Memorias que
fueron muy poco conocidas, y que el año 2003 se publicaron.
Memoria Histórica | Eduardo Montagut Contreras | 02-09-2014
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En
ellas, Estella narra su labor de asistencia espiritual a los presos en la
guerra civil y los sucesos de la represión de los que fue testigo. Casanova nos
descubre un sacerdote horrorizado ante la violencia desatada y ante el regocijo
de otros religiosos y sacerdotes por los asesinatos y ejecuciones de
republicanos por parte de los sublevados. Su actitud nada entusiasta le valió
una reprimenda de sus superiores. Se le ordenó trasladarse desde Pamplona a
Zaragoza por indicación de los carlistas al superior provincial. El clima que
se vivía en Navarra no era propicio para un religioso nada comprometido con la
orgía de sangre y represión.
En
Zaragoza, Gumersindo de Estella visitó la cárcel de Torrero, cercana al
convento de los capuchinos donde residía. Se ofreció voluntario para asistir
espiritualmente a los presos ante la delicada salud del sacerdote que venía
desempeñando este cometido. Esta tarea absorbió sus energías desde junio de
1937 hasta marzo de 1942. Casanova afirma que la lectura de las Memorias,
escritas como si fueran un diario, nos permite conocer el clima que se vivía en
la cárcel zaragozana de donde salían muchos presos para ser fusilados y sus
confidencias.
No
todos los religiosos compartieron la actitud vengativa de la Iglesia, uno de
ellos fue Gumersindo de Estella.
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