SER MUJER NO DA LO MISMO
Del
Colectivo Novecento: Blog de economía crítica y pensamiento político.
Artículos de
Opinión | Bibiana Medialdea Garcia | 05-11-2012 |
La
brutalidad de los efectos que la crisis está teniendo sobre la mayor parte de
la población eclipsa la realidad de algunos colectivos cuya situación es
particularmente complicada. No se trata de minimizar la magnitud del “desastre
general”, ni de diluir el importante denominador común que comparte la mayoría
social frente al 1%; denominador del que debe surgir una resistencia fuerte y
cohesionada. Pero sí de llamar la atención sobre las condiciones especiales, y por
tanto los costes específicos, que arrastran algunos colectivos particularmente
vulnerables. El colectivo de mujeres jóvenes es uno de ellos.
Comencemos
recordando lo evidente: es la gente que vive de su trabajo (con todas las
letras: la clase trabajadora) quien está pagando a cuenta de sus salarios, sus
pensiones, y el deterioro del acceso a servicios públicos, una factura que no
le corresponde. Pero si descendemos al detalle de cómo se reparte esta factura
comprobamos que no da lo mismo tener nacionalidad española que no tenerla; ser
joven -con un 50% de tasa de desempleo-, que ser mayor; ser hombre o mujer; así
como las condiciones laborales, más o menos precarias, de las que se parta. No
da lo mismo. Por ejemplo, según datos del Consejo de la Juventud referidos a
2011, una mujer joven con contrato temporal recibe, en promedio, un salario que
equivale al 39,4% del de un hombre mayor con contrato indefinido. Un 39,4%:
¡bastante menos de la mitad!
Prácticamente
todos los indicadores socioeconómicos registran peores resultados para las
mujeres jóvenes que para los hombres de la misma edad. Esa diferencia se
mantiene a lo largo de la vida, pero es grave el hecho de que ya exista entre
la población joven, porque nos anticipa un futuro donde la desigualdad se consolida.
Decíamos
“prácticamente” todos los indicadores, porque la tasa de desempleo registra
valores algo superiores en los chicos (54% en el primer trimestre de 2012 según
la EPA) que en las chicas (49,8%). La excepción se explica porque hasta ahora
han sido sectores altamente masculinizados, la construcción o la automoción son
ejemplos claros, los que han destruido más empleo. Con toda probabilidad, según
los recortes en servicios públicos avancen en sectores como la educación, la
sanidad, o los servicios sociales, con presencia mayoritaria de mujeres, la
situación se revertirá. Pero al margen de esta excepción, probablemente
coyuntural, los resultados son sistemáticamente desfavorables a las mujeres
frente a los hombres jóvenes. A continuación se ilustran tres aspectos
concretos.
La población
inactiva es aquella que, aun teniendo condiciones para incorporarse al mercado
de trabajo, desestima hacerlo. En nuestro país, es mucho más frecuente que sean
mujeres las que ni entran en el mercado laboral formal ni lo intentan: casi la
mitad de la población femenina, un 47,1% del total según datos de la EPA para
2011, está en esa situación (frente al 32,6% de los hombres). El dato es
significativo: supone que casi la mitad de las mujeres españolas “optan” por ni
siquiera tratar de vincularse al principal mecanismo de generación de ingresos
y derechos: los salarios y las cotizaciones.
Esta
diferencia también se constata entre hombres y mujeres jóvenes, pero presenta
un aspecto particular muy interesante. En general la juventud registra mayores
tasas de inactividad que el resto de la población, fundamentalmente a causa de
los estudios. El comportamiento de los chicos, en este sentido, es el que
cabría esperar: según los jóvenes van creciendo las tasas de inactividad se
reducen, porque van tratando de incorporarse al mercado laboral. Lo
sorprendente es, sin embargo, el comportamiento de las jóvenes: en los primeros
años de la juventud su comportamiento es similar al masculino, pero al
acercarse a la treintena la reducción de la tasa de inactividad se detiene.
Así, mientras que entre la gente joven de 16 a 29 años la diferencia de la tasa
de inactividad entre chicos y chicas se mantiene estable en torno los a 7-8
puntos porcentuales, entre los 30 y 34 años esta diferencia se dispara: se
multiplica por dos. Como resultado, en esa franja de edad menos del 5% de los
jóvenes pero más del 20% de las mujeres, ni se vinculan al mercado laboral ni
lo intentan. Según el Consejo de la Juventud, el 44,6% de estas jóvenes alegan
“tareas domésticas”, “cuidados de niños/as y mayores” u “otras
responsabilidades familiares”, como causa principal de su situación. Entre los
varones de la misma edad, el porcentaje no llega al 7%.
En tiempos
de desempleo masivo resulta obligado empezar a pensar en fórmulas de reparto
del empleo como mecanismo para distribuir de forma equitativa tanto la
totalidad del trabajo que tenemos que realizar (productivo y reproductivo),
como los ingresos asociados. Podríamos pensar que el recurso al tiempo parcial
es una forma útil de realizar este necesario reparto. Sin embargo, un análisis
de la realidad que se esconde tras el tiempo parcial invita a replantearse muy
seriamente esa posibilidad.
En nuestro
país el 76% de los contratos a tiempo parcial son femeninos (datos de la EPA
para 2011). Si analizamos cómo se distribuye el tiempo parcial entre la
juventud volvemos a encontrar no sólo una diferencia muy sustancial entre
chicos y chicas, sino también un momento decisivo en el cual esta diferencia se
dispara. De nuevo los jóvenes, según su edad avanza, van abandonando los
contratos a tiempo parcial y cambiándolos por contratos a tiempo completo. Así,
sólo un 5% de los hombres sigue con jornadas parciales al llegar a la franja de
30-34 años. Las mujeres jóvenes, en cambio, dejan de migrar hacia las jornadas
completas a partir de los 25 años, estabilizándose en torno al 20% la
proporción de jóvenes empleadas que tienen contrato parcial. Contrato al que
acompañan, no lo olvidemos, salarios y derechos (presentes y futuros) también
“parciales”. De hecho, resulta paradigmático que entre las mujeres de 30-34
años las tasas de parcialidad sean incluso superiores a las que registran entre
los 25 y los 29. Esto nos indica que en esa edad una parte de trabajadoras
jóvenes realizan, de hecho, el trayecto inverso: abandonan el tiempo completo
para ingresar en el mundo de la parcialidad. Conviene explicitar que entre las
personas jóvenes que declaran optar por un contrato a tiempo parcial porque
realizan también tareas de cuidados en el ámbito doméstico, el 98,1% son
mujeres (datos del Consejo de la Juventud).
La brecha
salarial es la diferencia de salarios entre hombres y mujeres. Los datos hablan
por sí solos y son suficientemente contundentes: en nuestro país el salario
promedio de una mujer es proximadamente el 75% del de un hombre. Sí,
actualmente. Dentro del colectivo juvenil los resultados vuelven a ser
reveladores: la brecha salarial es menor que para el total de la población, ya
que el sueldo de una chica de menos de 30 años es el 85% del que ingresa un
varón de su misma edad. Esto significa que al comienzo de la vida laboral las
diferencias salariales son menores (aunque muy importantes), y es con el paso
de los años cuando la brecha se agranda. ¿Por qué sucede esto? Bueno, según el
desglose de datos salariales que facilita la Agencia Tributaria, lo que ocurre
es que mientras los sueldos masculinos crecen a lo largo de casi toda la vida
laboral, las mujeres, en promedio, ralentizan severamente su ritmo de
crecimiento salarial precisamente en los primeros años de la treintena. Por
eso, a partir de ese momento crucial, las diferencias entre unos y otras se
ensanchan.
El análisis
de estos tres aspectos tendría que completarse con otros. Pero basta para
detectar una franja de edad muy determinada –la de las mujeres jóvenes más
mayores, las que tienen entre veintimuchos y treintapocos años- en la que se
gesta la desigualdad económica. Este “hallazgo” supone, a la vez, una mala y
una buena noticia.
La mala
noticia resulta evidente. La desigual inserción de hombres y mujeres en el
mercado laboral es un elemento central a la hora de explicar otras dimensiones
también importantes de la desigualdad. Tengamos en cuenta que es la inserción
laboral lo que en nuestra sociedad determina en gran medida el acceso a los
ingresos, al espacio público y a los derechos. Descubrir que las nuevas
generaciones están repitiendo el patrón tradicional de “hombre sustentador /
mujer cuidadora (y económicamente dependiente)” es desalentador. Nos proyecta
hacia un futuro que arrastra esa injusticia elemental: que no es capaz de
resolver, a pesar de los indudables avances, el problema de la desigualdad. La
desigualdad económica entre hombres y mujeres aparece así como una asignatura
que sigue pendiente. Un problema que seguimos y seguiremos teniendo que
combatir.
La buena
noticia es menos evidente. Localizar de forma tan precisa la franja de edad en
que se gesta esa desigualdad que se convertirá en una característica
estructural en el futuro, nos facilita detectar las causas que la explican y
nos señala los ámbitos en los que habría que intervenir para evitarla. Sin
duda, la problemática en torno a la maternidad/paternidad -¿no está muy enferma
una sociedad para la cual su propia reproducción supone un problema?-, se apunta
como crucial para abordar el asunto.
Los datos
que hemos analizado, así como las encuestas sobre usos del tiempo disponibles,
que muestran cómo incluso las parejas que reparten las tareas domésticas y de
cuidados de una forma más o menos equitativa dejan de hacerlo una vez que la
maternidad/paternidad llega a sus vidas, lo demuestran claramente. Las mujeres
jóvenes, cuando llega el momento de la maternidad, optan por abandonar el
mercado laboral (inactividad), o por insertarse de una forma subalterna (tiempo
parcial), subordinando su inserción laboral y el desarrollo de su trayectoria
profesional. Y esto tiene para ellas efectos negativos que durarán toda su
vida. Para los hombres, sin embargo, la paternidad no genera efectos
equivalentes. El hecho de que el salario promedio de las mujeres ralentice
enormemente su crecimiento a partir de los 32-33 años, mientras que los
masculinos siguen incrementándose “tranquilamente”, es buena prueba de ello. He
aquí, por tanto, una franja de edad y una temática específica que se descubre
estratégica dentro del avance hacia la igualdad. Medidas concretas que
incidieran en esta situación tendrían una eficacia extraordinaria de cara a
mejorar la situación de las mujeres jóvenes, de todas las mujeres y, en
realidad, de la sociedad en su conjunto.
Dentro de
las medidas que deberían aplicarse en esta dirección destaca, por su facilidad
y su potencial, la reforma de los actuales permisos de maternidad y paternidad.
Si el asunto de la igualdad nos parece importante, no se entiende que
organizaciones políticas, sociales y sindicales, no tengan entre sus
reivindicaciones prioritarias la plena equiparación de los permisos, de manera
que sean suficientemente largos, iguales, intransferibles y remunerados al
100%. La desigualdad existente en la configuración de los permisos de
maternidad y paternidad refuerza el mensaje de que son las mujeres las
responsables del cuidado, a la vez que incumple con el principio de igualdad de
trato en el ordenamiento jurídico porque representa una discriminación directa
que afecta a los hombres, inhabilitados para hacerse cargo de sus
responsabilidades reproductivas en la misma medida que sus compañeras. Además,
y esto es muy importante, provoca un efecto de penalización sobre el empleo de
todas las mujeres (madres o no), al reforzar el mensaje de que tienen menos
tiempo disponible para las responsabilidades laborales. En la literatura
especializada este efecto sobre “todas las mujeres” recibe el nombre de discriminación
estadística.
Fuente: http://tercerainformacion.es/
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