Irrealidad e irracionalidad del laboralismo
Artículos de
Opinión | Tamer Sarkis Fernández | 05-11-2012 |
Psicologismo
laboralista: Del fetichismo del “accionar” automático, al irracionalismo y el
racismo
No pocas
personas, colectivos y organizaciones tienen por costumbre prever cierta
secuencia de multiplicación, desarrollo e incluso articulación y creciente
compactación de inusitadas luchas laborales en contextos precarizadores,
imaginando un acoplamiento “dialéctico” parejo al de la sombra extendiéndose
con el sol. A medida que la realidad de las respuestas de clase va revelando no
comportarse de acuerdo con aquel razonamiento, son precisamente personas como
ésas quienes pasan a invocar la cuestión de “la consciencia”, pero de cierta
manera muy particular y curiosa. Fijémonos:
Al inicio se
estaba razonando desde un mero conductismo (Deterioro de condiciones
---------> Respuesta laboralista) para finalmente, y ante el revés que da el
incumplimiento conductual, acabar destripando biliosamente a “ese obrero”
carente de “consciencia de clase” (de conciencia laboralista, claro está). Esos
livianos psicólogos se resisten a ver que aquello que está fallando es ni más
ni menos que la irrealidad de su ensueño mecanicista fabril, viendo, por el
contrario, el fallo en uno de los elementos del ensueño. Elemento que “no
funciona bien”, y con cuyo enmendarse “la realidad” recobraría “el curso de su
normalidad”. Así suspiran: “el obrero no tiene conciencia”, “se ha perdido el
orgullo obrero”, “no hay ya identidad obrera”, “nadie se incomoda en
arremangarse a luchar”. Vemos que nuestro antes eufórico ex-conductista no ha
trascendido el psicologismo en su serie de razonamientos, cuya culminación
tendencial son el irracionalismo y hasta el racismo más ramplones: “obrero
borrego”, “obrero tonto”, “el obrero desarrolla dependencia emo-mental del
Amo”, “el obrero desarrolla masoquismo y una especie de síndrome de Estocolmo”
(Jean-François Lyotard en Economía libidinal), “casi todos los obreros se creen
que son clase media”, “el español es borrego”, “el español no se complica y
prefiere conciliarse con la existencia viviendo la vida loca”, y demás tópicos
formando ya parte del acervo de “postmodernismo vulgar”. Lo que aquí tenemos es
la figura del obrerista despechado, quien tan pronto se entrega a su Musa como
le llama zorra indigna en un incesante penduleo, para recobrar de golpe el
éxtasis al más leve signo que nuestro idealista toma por amor declarado y así
toma por motivo de seguir versificando (por ejemplo el brote de una asamblea de
empresa, un piquete a la puerta de la planta, el sonoro abucheo a un directivo
a la entrada del polígono). El obrerista identifica así contradicción entre, de
un lado, una presunta substancia racional (el desarrollo del “movimiento real a
partir de su gestación bajo matriz empresarial, laboral..., matriz que es
regazo y alimento”) y, de otro lado, una Irracionalidad accidental (“¡malditos
obreros serviles en el trabajo!”) enturbiadora. Gris borrón, ésta última,
entorpeciendo y hasta bloqueando la auto-consumación de aquella Racionalidad
agitativa “natural”, y no digamos ya su unificación más avanzada como fuerza de
clase por entroncamiento progresivo de sus “miles de” fragmentos u hogueras
plantillescas.
¿Es la
ausencia de respuesta laboralista el elemento irracional, o lo irracional es el
pretenderla?
Y sin
embargo, ¿hay contradicción?. O, por el contrario, ¿no sería más bien que
aquello verdaderamente “Racional” e inflexible -poco susceptible de ser
desviado- es el desdén obrero más o menos general por “la lucha de empresa”,
hecho que nuestra clase viene demostrando a pesar de hallarse bajo notable
apuro económico, o quizás por eso mismo justamente?. Si la consciencia de clase
fuera equiparable a aquello que los académicos obreristas se representan de
ella, es decir, poco más que tener una conciencia de obrero, entonces sí que la
cuestión habría de ser estudiar por qué el sujeto de clase no la desarrolla “a
pesar” de “su vida de obrero” y de su posición y relaciones en tanto que
trabajador no privilegiado en su marco físico de funciones (estudio, pues, de
una supuesta contradicción).
Quizás todo
el misterio resida en que el llamamiento y la expectativa obreristas son el
único elemento irracional para un contexto de país saqueado bajo el capitalismo
monopolista de Estado y el dominio de la finanza, candidato a la
desertificación productiva capitalista y querido como colonia para la
transferencia de plusvalías principalmente hacia el exterior y la oligarquía, y
secundariamente hacia los lugartenientes políticos y burocráticos. Conste que
hablo de “irracional” en un sentido hegeliano: “irracional” como pensamiento
disonante con resolver la necesidad producida por la realidad, pensamiento
entorpecedor, alienante entre el sujeto y su necesidad y capacidad de
culminación dadas unas condiciones con-temporáneas sobre las que desenvolver su
Cualidad interna y realizarla. Y, si la virtual ausencia de respuesta obrera esperada
está radicalmente determinada por la irracionalidad hegeliana (no-realidad) del
planteamiento obrerista, entonces la aparente parálisis, que sirve al estudioso
obrerista para denostar y despreciar al proletariado en sus elucubraciones
elitistas, quizás sea en el fondo parte de la prosecución silenciosa del
movimiento interno de clase hacia auto-depurarse de trastos y lastres de otro
modo desviadores. Un movimiento, pues, auto-ignorado en su significado y en su
sentido, de un acontecer irreparado por el propio protagonista, o como mínimo
no-reflexionado, e inconsciente en cualquier caso. Pero un movimiento que,
lejos de significar “testarudo vacío de conciencia”, es un signo de relativa
superación (inconsciente, eso sí) respecto de la inconsciencia que es aquel
paradigma de involucración gestionista en los asuntos “propios del obrero”.
Paradigma que al obrerista se le aparece como colmo de “consciencia de clase” y
hasta nada menos que como materia prima para la auto-disposición revolucionaria
con hacer “click” y desatar su “esencia potencial”, bien por sí misma habiendo
pasado por el taller de cultivo sindical, bien por instrucción “comunista”.
Así pues,
evasión obrera por encima de la esterilidad del obrerismo; desligamiento
determinado, a fin de cuentas, por unas condiciones materiales de existencia a
las que el obrerista había supuesto, erróneamente, determinantes de todo lo
contrario. ¿Significa esto que está desarrollándose por sí una tendencial
puesta en auto-consciencia proletaria en términos de sujeto político, y una
auto-conformación en tanto que sujeto político capaz de resolver en la realidad
esa cuestión de consciencia?. Desde luego no. Todo lo que significa la
repudiada disidencia obrera respecto de “su” aparente “lucha propia”, puede ser
sintetizado en la premisa que sigue:
La
responsabilidad esencialmente política de autoría y de ejecución sobre toda la
problemática obrera bajo el dominio del Capital financiero y de su Estado (y,
en exacta dialéctica, el cariz político de su solución), va arrojando
gradualmente al cubo de la basura de la historia el extravío proletario hacia
un viejo terreno laboralista que, además de representar ya una contradicción
secundaria respecto del modo central (político-financiero) en que la
explotación y de la opresión de clase son ejercidas, se presenta objetivamente
como un terreno en cuyo interior ni siquiera es tratable favorablemente (no
digamos ya “resoluble”) la propia contradicción obrero-empresario que ese
espacio empresarial mismo alberga y escenifica. Pues tal contradicción y su
tratamiento de clase son subsidiarios de la contradicción principal, o
política: exigen al proletariado, bien protagonizar un cambio en el carácter de
clase del poder (como mínimo cursar una revolución política instituidora de una
democracia popular), o bien hacer de “combativo” peón para la aristocracia
obrera, clase que sí tiene poder político. Luego: así se auto-postula el
proletariado en condición de condotiero, para, habiendo servido en cierta lucha
política que libra la aristocracia obrera en las esferas estatales
neo-corporativas, recoger frutos menores derivados de convenios con afectación
diferencial sobre una y otra clase de trabajadores.
Obsérvese
que esta segunda “alternativa” es también política en lo objetivo: aunque al
proletariado se le reserve para tal caso el ruido a emitir en la empresa, la
huelga de planta, la manifestación..., el resultado dependerá del tino que la
aristocracia obrera demuestre durante la aplicación de su agenda de lucha en el
seno institucional del poder político que esta clase comparte. El movimiento
obrero está siendo usado aquí como lobbie, cuyo beneficio no estará tanto en
función de su comportamiento, como sí de la representación y de la imagen que
ante sus interlocutores estatales y patronales ofrezca, respecto de ese propio
comportamiento, la mano que lo maneja. Piénsese, y no en vano, en el típico
ejemplo de los líderes sindicales de Estado acompañando sus propuestas de
Concertación con la advertencia de que “el ambiente está muy caldeado”; es
decir, dando a sus reclamaciones fuerza y estatuto de manguera contra
incendios. Este modelo de “participación política” indirecta proletaria, por
encargo y con intermediarios del mundo organizativo aristobrero, se ha ido
erosionando en España a medida que la misma aristocracia obrera se ha visto
golpeada por la intensificación de la opresión a un país en manos del
imperialismo y de su subsidiaria oligarquía “nacional” financiero-bursátil.
Apretada por la gigantesca transferencia de capitales básicamente hacia las
Potencias imperialistas estadounidense y alemana, la aristocracia obrera se ha
concentrado en su auto-defensa, mientras sus sindicatos se concentraban no ya
en defenderla a ella, sino en su propia auto-defensa de intereses como
monopolios de Estado que son. La capacidad política aristobreril ha resultado
mermada. Y de cualquier modo esta clase ha soltado de la mano al proletariado,
quien así queda “desabastecido” (o emancipado) de unas dinámicas y hábitos de
“participación política” (de rebote) que irremisiblemente lo conciliaban con su
posición de clase económica del capitalismo.
Saqueo
imperialista y necesidad de combate del Pueblo por el Poder político: deriva
sindical hacia la marginalidad
Por el
contrario, se desarrolla paralelamente un marco de luchas populares por
condiciones extra-laborales cuyo contenido de problematizaciones -pensiones,
sanidad, educación, desempleo, desobediencia frente a la “deuda”/saqueo,
ligamen a la UE, distribución de presupuestos, impuestos y tasas, gasto militar,
despidos, bases militares hegemonistas en suelo español y el peligro que éstas
entrañan, reformas laborales dictadas desde Alemania y que rebajan la
recaudación sobre rentas de Capital, fraude fiscal monopolista, desfalcos y
malversaciones políticas, ausencia de modelo productivo, parasitismo e
“hipertrofia” de los aparatos burocráticos, dependencias creadas al país por
sus beneficiarios exteriores e interiores...-, es un contenido que no admite
conciliación con el orden existente vía representación sindical y beneficios
subsidiarios obreros (a diferencia de lo que hemos visto en el terreno de
empresa con respecto a los pactos sindicales). Identificamos la plusvalía como
la fracción del Valor total generado que se acumula como Capital dinerario
(para transformarse luego en otros tipos de capitales gracias a su
re-inversión), es decir, plusvalía entendida como la fracción del Valor total
generado que no es destinada a la reproducción social de la Fuerza de Trabajo
(o Valor de la FT). Es evidente que, en el caso que me ocupa, la centralidad de
la cuestión de la plusvalía ha estado consistiendo -y sigue consistiendo- en
una ciclópea operación Política y jurídica (llegándose a la modificación
constitucional cuando hizo falta) cuya tramitación ha venido agenciada a través
del Estado sirviente (con sus varias ramas territoriales) del Capital
financiero-bursátil “nacional” y exterior, del monopolismo de Estado europeo
principalmente franco-alemán, y por supuesto del Hegemonismo yankie. El blanco
de extorsión, más allá de los salarios nominales (directos en nómina), han sido
los salarios “reales” (salario nominal + salario indirecto + salario diferido +
salario funcional/materializado como provisión y mantenimiento de estructuras
social-reproductivas y de servicios). No voy a enumerar los variopintos
dispositivos que, en relación a cada tipo salarial, están operando por nuestro
saqueo y por transferir lo saqueado hacia las Potencias imperialistas y hacia
sus estómagos dependientes/agradecidos de la banca, del IBEX-35, de la casta de
políticos y de las burguesías burocráticas. Lamentablemente, el lector lo sabe
de sobra, desde el momento mismo en que recibe la factura del gas, o se
enfrenta a la hipoteca, o piensa en su futuro como jubilado, o tiene que cerrar
su tienda porque no hay resto salarial que fomente el consumo, o busca empleo
en “la playa de Europa” (que, como dijo cierto mandatario yankie durante una
reunión de la llamada Comisión Parlamentaria OTAN, habría de valer “nada más
que para sol y para producir vinos”), o sufre un ERE del mismo monopolio al que
el Estado español inyecta dinero, o muere sin llegar a ser operado mientras los
fondos de inversión yankies van financiando la apertura de sus clínicas de
salud, o intenta pagar la universidad “pública”, o sufre el deterioro de la
escuela “pública” o se compra un bocadillo al 21% de IVA. Ante el pétreo
aplastamiento de la vida social y de sus perspectivas, por parte de dicha
contradicción principal política, a los sindicatos les pasa un poco como al
protagonista de aquella película, quien empezaba literalmente a borrarse en
cuanto desobedecía alguna de las leyes rectoras de sus viajes a través del
tiempo. ¿Cómo proceder a auto-ubicarse “en escena”?. “Misión imposible”: en una
exacta inversión del concepto hegeliano, podemos garantizar que el sindicato se
des-realiza. El lector recordará que, “en los inicios de todo esto”, los
sindicatos tuvieron una reacción freudianamente pueril: volcarse al máximo en
“ir a la suya” y en gritar más fuerte que la realidad de los procesos, a ver si
conseguían no oírla ellos y, sobre todo, a ver si conseguían disfrazársela a
los obreros. Se pusieron a correr tapándose los oídos y en huida hacia
“adelante”, pero resulta que, contrariamente al protagonista de aquella
película, para impedir su propia des-realización el único porvenir sindical es
el pasado. Los sindicatos se pusieron a filmar una serie de videos “cómicos”
tratando de explotar, ante los ojos de “los trabajadores”, la tan añeja como
manida contradicción entre “el Empresario” (en abstracto) y el empleado (en
abstracto). Las escenas filmadas, haciendo fuerte hincapié en
ridiculizar/demonizar al empleador en abstracto, recreaban conflictos típicos
de trastienda, de oficina, de mostrador... El Capital bursátil español, por no hablar
del Capital monopolista de Estado europeo, inversionista y exportador, tienen
que desbrozar su terreno semi-colonial de toda competencia interna, o someterla
a servirle como auxiliares insertas la estructura radial de empresas; para algo
mantienen presupuestariamente a los sindicatos, quienes han de ganarse así el
sustento azuzando el apretón de soga sobre la pequeña burguesía y sectores de
la burguesía media. Al mismo tiempo, este frente abierto de lucha de clases
estaba expresando también intereses en primera persona profesados por los
sindicatos estatales: debido a su posición subalterna en el Estado español, los
sindicatos dependen de aquellos nichos de explotación que les son delegados
“por sus mayores”; por ejemplo, de las transferencias pequeño-empresariales a
la hora de disputarse cuotas de plusvalía centralizadas en las arcas de dicho
Estado. Esto les lleva a concentrar su agresividad sobre ese foco. He ahí, en
este último factor, uno de los pivotes que ponen a girar la oposición y
movilización sindicales frente a sucesivas reformas laborales recientes: dicha
beligerancia no se debe a una vocación de defensa de los derechos laborales “en
general”. Sino que se debe, por una parte, a los lesionados derechos y
estatutos específicos aristobreros, y, por otra parte, al hecho de que,
buscando proporcionar algo de respiración asistida a las PYMES (al fin y al
cabo necesarias de ser mantenidas con la nariz un centímetro por encima del
fango como proveedoras a precios “competitivos” de los Monopolios-matriz
operantes en España), las reformas laborales las han desahogado un tanto de
impuestos, y eso son malas noticias para el sindicato en lo que se refiere a su
competencia por la absorción institucional de plusvalías. Vemos que tanto las
necesidades sindicales y su compromiso de dependencia con la oligarquía
“nacional” y acreedores exteriores, como su propia esencia, determinante de su
funcionamiento y de sus manifestaciones fenoménicas, pasa, en el caso español,
sin interseccionar con los intereses populares, y se les opone.
Toda esta
traslación de lo real hacia un plano meta-sindical no significa que los
sindicatos estén lo que podría decirse “desistiendo” de movilizar y de
canalizar el descontento popular hacia el ejercicio de una presión que pudiera
servir para dejar relativamente mejor parados, del espolio del país, a la
aristocracia obrera y a su propio entramado burocrático (y para muestra de
actitud beligerante, su presencia en la cumbre social que agrupa a más de 200
organizaciones). Los sindicatos procuran, así, estar presentes en algunas de
las movilizaciones populares o incluso abanderarlas; sobre todo en caso de
aquellas que les afectan más directamente, a su clase y a ellos como aparato
institucional: Despidos en el sector “público”, “privatización” de empresas
“públicas”, recortes en las pensiones, merma del sistema de Convenios
colectivos e impulso jurídico del “trato directo obrero-patrón”, cambios de
modelo contractual en el empleo administrativo, retirada del mantenimiento
presupuestario a las estructuras -hospitales, centros docentes,
universidades...- donde la aristocracia obrera tiene intereses directos de
auto-mantenimiento posicional, de status, salarial, de prebendas y salarios en
especie, etc. Contrástese esta batalla sindical interpuesta en lo que se
refiere a esas dimensiones específicas -apelándose a la unidad, a los
trabajadores, a la defensa de los derechos “sociales”, al “quieren acabar con
todo”, a la izquierda, a la lucha contra el neo-liberalismo, etc.-, con la
ausencia sindical en movilizaciones problematizadoras de “asuntos que afectan
sobre todo a otras clases”: desempleo, precariedad laboral, desahucios,
carestía de la vivienda, dictadura de la UE sobre cuotas de producción,
especulación europea sobre precios agrícolas, trato de agravio al pequeño
comercio, terror policial, lumpenización de los barrios proletarios e
inseguridad, desatención a estructuras urbanísticas y servicios urbanos, etc.
Ello por no hablar de la manifiesta hostilidad sindical hacia movilizaciones y
movimientos (15-M, DRY, 25-S...), que, aunque “todavía” de formas no-realistas
y des-organizadas, están ya apuntando explícitamente al hecho de que la
cuestión-llave de resolución de la problemática vivida estriba en el carácter
de clase de la democracia/dictadura (¿quién está organizado como Estado?,
¿democracia de quiénes y para quiénes?, ¿dictadura contra quiénes?), sin
importar que en uno u otro momento del proceso de lucha los convocantes puedan
“agarrarse” a subrayar uno u otro exponente aislado entre distintas dimensiones
conformadoras de “los males del Pueblo”.
Pero el
punto decisivo en relación al descabezamiento de ese ariete laboralista es que,
para el grueso de las cuestiones señaladas que catalizan el desarrollo de
respuesta popular, los sindicatos están condenados a un divorcio cada vez más
acusado respecto del sujeto social en lucha. Ese arrinconamiento, marginalidad
y a lo sumo papel como invitados de piedra, es un fenómeno que no tiene
fundamentalmente que ver con un “desengaño sindical de masas” o con una actitud
más o menos activista, más o menos temerosa y desmovilizadora, por parte de las
direcciones sindicales. Tiene que ver con el hecho estructural de que los
sindicatos no sirven para pugnar por condiciones extra-laborales ni para sellar
sus victorias, dado que no pasan por el terreno de “lo social” las potestades
que les han sido dadas por la división del trabajo político en el Estado
español (o, más bien, que los sindicatos se repartieron con otros organismos
políticos de clases terceras). Los sindicatos sencillamente no competen ni
compiten en relación a la mayoría de cuestiones vitales que afectan al Pueblo,
problematizadas crecientemente por el Pueblo y que unen al Pueblo en un frente
que tendrá que hallar la siguiente verdad: la Soberanía política frente al
hegemonismo y sus imperialismos satélites es condición para “lo social”. Puesto
que “salvo el Poder, todo es ilusión”. Los sindicatos han gozado de
preeminencia e incluso de indiscutida hegemonía como organismos canalizadores
de conflicto inter-clase, no radicalmente debido a una cuestión de manipulación
y de “ejercicio de ideología” sobre el proletariado. Sino en mayor medida
porque han sido órganos de centralidad política: han sido el aparato material
que ha servido a la aristocracia obrera para disputar con clases terceras,
anclada sobre su posición, junto a ellas, de clase política dominante (aunque
por supuesto en subalternidad frente al Capital financiero-bursátil “nacional”
y por supuesto frente al Capital monopolista de estado franco-alemán y
estadounidense, tal y como está viéndose en los presentes procesos). Y dicho
aprovisionamiento aristobreril por vía sindical desgranaba beneficios,
gratitudes, compromisos, ligámenes y dependencias de un modo concéntrico a
través de sucesivas capas asalariadas a medio camino entre el epicentro
político aristobreril y las masas proletarias hondas y profundas. Estas “capas
medias” dentro del proletariado, quedaban soldadas al seguidismo sindical o al
menos a quedarse siempre suspirando en virtud de que los sindicatos “por fin se
movieran”, “hicieran algo por ellos en uno u otro momento”, “cambiaran sus
Direcciones y sus líneas de comportamiento”, etc.
Cuando la
evolución del dominio hegemonista e imperialista sobre España ha mermado el
peso del polo imperialista español y ha densificado el peso del polo
semi-colonial de la nación, hasta el extremo de que incluso para sectores
amplios de la aristocracia obrera la cuestión relativa al Pueblo y a su
revolución política deviene la auténtica contradicción principal (y no es
preciso que nos refiramos a capas aristobreriles en pura proletarización), en
este preciso punto los sindicatos de Estado no tienen otro futuro que el de ir
derritiendo como un azucarillo en te su otrora más o menos estable vínculo de base
social y enraizamiento en el conjunto interclasista del “salariado”.
Anteriormente a la mal-llamada “crisis”...; anteriormente al abrupto salto
cualitativo en la intensificación y el desarrollo del saqueo imperialista a
nuestro país y al Pueblo que en él desarrolla vida y vínculo social común desde
hace siglos, las cuestiones “inmediatas” centrales que afectaban tanto a
aristocracia obrera como a magnas capas subyacentes del proletariado -o que
esas clases se representaban como afectantes...- eran abordables y tratables
desde el sindicalismo y la política sindicalista (no digo con ello, por
supuesto, que fueran resolubles por estos medios). Se hablaba de democracia
empresarial, de cursos de promoción, de ofertas para hacer carrera interna a
cambio de comprometerse a empeño laboral, de compra de acciones por la
plantilla, de negociar vacaciones, de número de pagas, de pre-jubilación (no en
el sentido actual), de disponer del abogado laboralista, de dietas, de revisión
salarial (por sentado al alza, y luchando por equipararla al menos al IPC, cosa
que, por otro lado, quedaba siempre muy lejos de la realidad). Por su parte,
estaban agenciadas la cobertura social, la provisión, el paso existencial del
trabajador asalariado por las estructuras social-reproductivas de modo que le
quedara abierta a éste la “posibilidad” de auto-reproducción posicional de
clase (alentadora para el aristobrero, deprimente y enervante, asqueante, para
el proletario; conservación posicional y promoción para los privilegiados,
condena para la prole del proletario, que así deviene proletariado tal y como
sus padres). Ahora en cambio, las capas proletarias subyacentes se deslizan con
velocidad a través de la pendiente que las conduce a asimilarse con el
proletariado hondo y profundo. En las familias proletarias se habla de
exclusión y, como mínimo, de precariedad, de incapacidad para pagar las
facturas de recursos indispensables en la vida diaria. Entre la aristocracia
obrera se habla, en el fondo, y se exprese esto como se exprese, del fantasma
del desclasamiento, cuando no también de precarización y, si no de desempleo,
desde luego sí de de-gradación laboral y reemplazo descendiente del empleo.
Al hilo de
lo dicho, pensemos en lo que sigue: Artur Mas está protagonizando la triunfante
antítesis respecto del laboralismo y su condena a re-pronunciarse sin fin,
enclaustrado en su propio punto muerto bajo el alienado Olimpo del Poder.
Parece obvio el archi-repetido análisis que define a Mas de flautista
encantador produciendo la amnesia masiva respecto de “los problemas reales”
tras el resón musical nacionalista. Y, sin embargo, se trata de una falsa
obviedad. El secreto del éxito de Mas no estriba en haber volatilizado el
proceso precarizador que sufrimos -por ejemplo a sus manos-, tras una cortina
de humo hecha de pseudo-comunidad “diferencial”, excitando así el gregarismo,
el orgullo patriotero y el idealismo del “contigo pan y cebolla”. Por el
contrario, ha logrado situar la cuestión Política -de manera falsa y
demagógica, por supuesto- en el centro de un pretendido contra-proceso antídoto
a la depauperación: aquello que anula la capacidad catalana “anti-crisis”, es
“España”, monstruo de drenaje. He ahí la falacia: el rancio tema, negra
leyenda, de “la Responsabilidad española” retardataria “de Catalunya”, y cuyo
fisco apenas sin “nos” dejaría margen de recursos para la operatividad amb
ceny. La base social seducida en Catalunya no conforma un rebaño de niños
tontos somnia truïtes al que se ha encandilado “con los sentimientos”, “los
símbolos”, y la aventura del “tornar a començar”, tal y como el izquierdismo
parece estar conceptualizando, en curiosa confluencia con los más reaccionarios
voceros depreciadores del ser humano y de “su intrínseca y testaruda
estupidez”. Artur Mas y CiU entonan su ¡bingo! re-juvenecedor electoral en la
medida que hacen promesa de desembarazar “a la nación” respecto de la
estructura de Poder interpuesta entre ella misma y su prosperidad. Claro está
que nos hallamos ante el embaucamiento de la gallina por la zorra, quien la
deslinda del corral con promesas de mejor recaudo mientras se relame pensando
en recibir su futuro trato de favor privado por mejor entregar la gallina a los
lobos (UE e imperialismo anglo-sionista principalmente). Obvio que, mirado
desde el análisis de las relaciones inter-clase, en Catalunya resulta
descabellado ese entroncamiento con un sector del Pueblo, justo por quienes
albergan máxima responsabilidad en llevarle a malvivir en interés de la Caixa,
Seguros Adeslas, Repsol, Banc de Sabadell, Catalunya Caixa, Abertis, Catalana
Occident... Pero en modo alguno se trata de un entroncamiento fraguado a base
de “irracionalismo de masas”, sino, en cambio, cosechado a partir de una muy
racional y lógica resonancia: un espectro amplio entre el campo social dominado
percibe cada vez con mayor claridad que lo Político con mayúsculas es el
“terreno de juego” delimitador del curso de nuestra depauperación -luego es
plano de albergancia del viraje radical de ese curso. Ante el vacío de
organismo político-ideológico que dispute con el viejo poder, es precisamente
un sector del viejo poder el que, en su disputa entre bastidores por ser mejor
lacayo-satélite del Hegemonismo, formula realizar una “alternativa” al status
quo actual mucho más opresiva si cabe, pero que se formula mentirosamente en el
terreno verdadero. Amplios sectores de las masas van volviéndose capaces de
registrar dicho terreno -al margen de cómo se expliquen subjetivamente ante sí
mismas esta correcta auto-ubicación objetiva. Y ello por oposición a los
obreristas, “radicalmente” consagrados al seguidismo huelguístico, a cada fecha
en que toca clamarle desde abajo a un Poder que obra y seguirá obrando según su
ser de clase, nada presionable ni amenazable “desde abajo” en abstracción del
profesamiento explícito de una vocación de Poder. En pleno orden del día
masivo, pues, la cuestión del Poder, de momento para beneficio del nacionalismo
vende-patrias, discípulo favorito de la burguesía monopolista USA y de su FMI.
Cuestión que nos augura aquí en Catalunya tiempos de seguir cavando nuestra
propia fosa. Miseria, cutrerío y chovinismo mientras siga sin reconstituirse la
alternativa que satisfaga verdaderamente al campo social dominado y que pueda
sintetizarse con su lucidez política latente, aportando los contenidos “para
sí” al único terreno de fondo donde el Pueblo se juega y ha de jugarse su
porvenir.
Toda esta
diversificación y totalización vital del aumento de la Tasa de Explotación
(trasvase de Valor salarial, de Fuerzas Productivas y de trabajo proletario
objetivado como estructuras sociales, hacia las arcas de la finanza
imperialista), significa que, al haber sido movida la realidad hacia una
contradicción principal cuyo planteamiento de confrontación trasciende
cualquiera de las operatividades que fueron asumidas por el sindicato al haber
éste devenido estatal con el cambio histórico al imperialismo, el sindicalismo
queda automáticamente obsoleto, y las masas en desarrollo, en lugar de echar
mano del mismo, lo apartan, le imputan “no hacer nada para el Pueblo y sí vivir
del Pueblo”, se le enfrentan, y reciben deserciones a diario de miembros del
Pueblo que abandonan las filas sindicales. No se trata tan solamente de que los
sindicatos sean disfuncionales ante las cuestiones abiertas, de cualidad socio-política:
sin ir más lejos, el incluir siquiera en el capitalismo a una proporción
nutrida de proletarios sin perspectiva de trabajar a menos que el país rompa -y
cómo, sin una revolución política popular- con el dictamen imperialista europeo
al subdesarrollo por decreto de las Fuerzas Productivas propias, para iniciarse
en cambio la producción de entramado industrial. Se trata, más radicalmente, de
que los sindicatos del Estado tienen que comportarse como fuerzas
contra-revolucionarias y, en el fondo, anti-populares, pues su
auto-mantenimiento estructural es subsidiario -aunque lo sea
contradictoriamente- de ese Capital financiero-bursátil español que tiene que
vender el país entero y a su Pueblo a través de sus ejecutores políticos
privados, si es que desea tener las cuentas en paz con aquellos acreedores
imperialistas financiero-estatales que han de permitirle continuar invirtiendo,
acumulando y compitiendo. Las direcciones y cuadros sindicales lo saben, y
saben que un cambio en el carácter de clase del Estado es el único proyecto
susceptible de “derribarles el palacio”. Por eso se les hiela la sangre en
noches como la del 25-S, y callan como puercos ante el salvajismo policial:
aunque harto defectuosa en sus mecanismos y conceptos, la noche del 25-S, y el movimiento
popular que la protagonizó, alumbró preñada de un ideal de derribo del poder
oligárquico en pro de la constitución de poder popular, genuina condición
Política de posibilidad resolutiva sobre las “condiciones económicas, sociales
y políticas” en liza. Pero, en definitiva, la historia de nuestro país no
depara ya otro papel para los sindicatos de Estado -quedar por fin en clara
evidencia como fuerzas reaccionarias-, ni para los sindicatos “alternativos” o
los sindicatos secundarios -tratar estérilmente, ya con grotesca debilidad
marginal, de apolitizar el curso político incipiente abierto, encerrándolo en
el laboralismo. Con todo ello no hacen más que acentuar su antagonismo esencial
con el Pueblo y con su lucha, cosechando tempestades disolventes desde fuera y
desde sus propias filas. “Sólo lo real es racional, y sólo lo racional es
real”.
El bestiario
del laboralismo realmente existente
La
problematización de condiciones inasumibles por el Estado imperialista español
en un contexto de dependencia frente a imperialismos mayores, ponen sobre la
mesa la cuestión del poder, o de que “salvo el poder, todo es ilusión”,
emergiendo paralelamente a la lucha laboral, y visibilizando para el
proletariado que incluso la cuestión misma de su inserción empresarial y del
desarrollo de su trabajo, se ordena y pauta desde la política. Ello acontece
aunque el proletariado no sepa distinguir de qué modo universal/concreto
abordar la política como cuestión de clase, y ni siquiera cómo jerarquizar y
valorar las contradicciones que atraviesan en uno y otro sentido el campo del
poder político, o el núcleo de esto último: la cuestión de distinguir el
enemigo principal y consecuentemente de (auto) distinguir cuál es el sujeto
social transformador en la presente etapa de transformación. En todo este juego
de contradicciones políticas sobre las que intervenir como clase organizada, no
tiene lugar la lucha laboral. Esta, ni es necesaria en la racionalidad
existente a romper y en la racionalidad alternativa cuyo camino abrir, ni es
tampoco posible (pues sus viejos frutos no son ya recolectables bajo la escena
de una lucha de clases política de aristocracia obrera).
Así pues, el
laboralismo dejó de ser real en su sentido hegeliano, y así ha dejado también
de ser racional para el proletariado, no importa lo desfocalizado que éste
permanezca respecto de la cuestión del poder -y así permanecerá sin la
reconstitución del comunismo como fuerza ideológica. Sí está claro que el
laboralismo no admite resurrección: no lo van a resucitar todos los comunistas
“economistas” (por llamarles como Lenin en ¿Qué hacer?), por muy que pierdan
sus vidas un sinfín de veces en sus deprimentes “Misiones” a no menos
deprimentes plantas empresariales. Tampoco van a resucitarlo los “estudiosos”
depreciadores del proletariado y del concepto de “consciencia de clase”,
quienes reprochan a nuestra clase “no desarrollar consciencia ni lucha”. Y por
supuesto que el proletariado no va a desarrollar ni esa consciencia ni esa
lucha -obreriles-; problemática sólo existente en los confusos y miserables
callejones mentales que va poniendo por escrito el académico
idealista/aborrecedor del obrero, de “su (falta de) orgullo” y de su
existencia. Y es que, en el fondo, y junto con el sindicalista, las dos
especies sociales citadas conforman los únicos sujetos laboralistas realmente
existentes: el “comunista” economista haciendo infatigable proselitismo de unas
“luchas de empresa” que rara vez llegan a ser reales, y que en ese
“extraordinario” caso no fraguan más que una identificación pseudo-comunitaria
“de empresa” proyectada contra el disfuncional directivo, Director o
propietario que obstaculizarían el buen funcionamiento de la entidad. “Por otro
lado”, distinguimos al “estudioso” académico, quien, guiado por su identitarismo
obreril, se empeña en hallar el mecanismo procesual sociológico desde el que
re-insertar en los obreros “su” identidad “perdida” como si ella fuera la
piedra filosofal desatadora de su tan añorada imagen de “lucha obrera”. Ello
“investigando” tanto el polígono industrial como la “maravillosa” “vida” obrera
y sus “entrañables vínculos” en barrios-stock proletarios, atestados de Fuerza
de Trabajo sobrante a la oligarquía vende-patrias y desertizante, donde el
promocionado “científico social” cree pisar de nuevo aquello que idealiza como
“comunidad”. Ni el “comunista” economicista ni el sermoneador sobre la falta de
auto-estima obrera que haría al obrero ser inestimable, guardan la más mínima
relación objetiva con las desazones, dilemas, angustias, falta de perspectiva
subjetiva y total ausencia de perspectiva objetiva de porvenir desde la
auto-focalización laboralista, elementos que rigen en su conjunto la inacción
de clase, y que reclaman de su superación por vía paralela alternativa (vía
política). Ninguno de ellos va a resucitar el laboralismo en el proletariado;
pues, en palabras del padre de la Filosofía dialéctica contemporánea, “sólo lo
real es racional, y sólo lo racional es real”.
Dedicado a
todos aquellos camaradas y fuerzas que combaten por la reconstitución
ideológica y política del comunismo.
Fuente: http://tercerainformacion.es/

No hay comentarios:
Publicar un comentario