¡DEL “ESTADO SOCIAL” A LA DICTADURA DEL PROLETARIADO!
Artículos de
Opinión | Ilya Ioffe | 03-11-2012 |
Una de las
más notorias y significativas manifestaciones de la crisis del capitalismo se
refleja en la rápida aceleración del proceso del desmontaje del así llamado
“estado social”. Este proceso que con distinta intensidad dura ya varios
decenios, en los últimos años ha recibido un fuerte impulso en forma de pasos
económicos y políticos hacia la “recuperación de la estabilidad financiera”,
“reducción del déficit presupuestario”, “saneamiento de la economía” etc.
“Medidas inevitables” a las que la gran burguesía recurre habitualmente en los
tiempos difíciles, con el fin de no solo conservar, sino fortalecer su dominio.
En muchos países de Europa Occidental, como Francia, Grecia, Portugal,
Inglaterra el nuevo viraje radical de las clases gobernantes hacia el
neoliberalismo provocó la enérgica respuesta de los trabajadores, que se
opusieron a la intención de las autoridades de quitarles la porción de turno de
los beneficios sociales. Sin embargo las huelgas, manifestaciones masivas y
otras formas de protesta de momento no han tenido resultados: el gobierno de
Sarkozy ha aumentado la edad de prejubilación a 62 años, Grecia aceptó el
programa de “estabilización financiera” impuesto por la UE, los presupuestos de
Irlanda sufrieron unos drásticos recortes etc. Está claro que la correlación de
las fuerzas de clase hoy en el mundo imperialista no juega a favor de los
trabajadores. La burguesía europea y norteamericana que domina totalmente el
planeta desde la desintegración de la URSS, sin grandes dificultades, apenas
recurriendo a la violencia, logra vencer la aislada resistencia del débilmente
consolidado enemigo de clase. Comparada con el decidido y seguro de sí mismo
gran capital, que paso a paso impone la línea que le conviene, la izquierda
occidental, tanto la oficial “social-demócrata”, como la izquierda
“antisistema” aparece a todas luces como lamentable, incapaz y aplastada. Es
claramente incapaz de encabezar el creciente descontento de las masas amplias y
encauzarlo hacia la lucha anticapitalista. Es incapaz de ofrecer un programa
alternativo, cuyo contenido principal no sean los pasos paliativos “para salir
de la crisis”, sino la ruptura radical con la ideología liberal dominante y el
llamamiento a la rotura revolucionaria del sistema social podrido, para el que
la “crisis” hace tiempo que se ha convertido en estado natural. El vector
principal de la lucha política e ideológica de las fuerzas de izquierda en los
países capitalistas ricos no va dirigido hacia la destrucción y la supresión
del orden económico y de clase dominante, sino a la conservación de aquellos
beneficios sociales que este orden todavía ofrece a los trabajadores
asalariados. La suma de estos todavía garantizados beneficios se suele llamar
“el estado social”. Para ver si la lucha por los restos del estado social tiene
alguna posibilidad de éxito, de si este juego vale la pena, y de si no habrá
llegado el momento para las fuerzas de izquierda de cambiar cardinalmente su
orden del día político-ideológico, vamos a hacer una incursión en la historia.
El estado
social nació, se fortaleció, llegó a su cumbre, comenzó a degradar y, por
último ha alcanzado su actual estado penoso en el seno del capitalismo
estatal-monopolista o, utilizando el término burgués convencional, “capitalismo
organizado”. A partir de los mediados del siglo XIX la situación de los obreros
europeos occidentales comenzó a sufrir importantes cambios. De la masa sin
derechos, despiadadamente explotada de los campesinos de ayer desposeídos y
pequeños artesanos, convertidos de hecho en esclavos, poco a poco comenzaron a
convertirse en un elemento importante de las naciones políticas formadas sobre una
nueva base de clase. La conquista de los derechos políticos formales iguales a
los de la burguesía había fortalecido considerablemente las posiciones del
proletariado occidental con respecto a la distribución del producto nacional.
El estado burgués ya no podía ignorar a los obreros. Un factor determinante que
cambió fundamentalmente no solo la situación política, sino también material y
cultural del proletariado blanco de Europa Occidental y Norteamérica fue el
paso del capitalismo a la fase imperialista. La sustitución de la competencia
por el monopolio, el predominio del capital financiero, que sometió a la
industria y la agricultura, la rápida expansión de los monopolios hacia los
mercados exteriores y la obtención por parte del capital monopolista de
gigantescos superbeneficios gracias a la explotación de las materias primas y
la mano de obra barata de las colonias – todas esas nuevas circunstancias
producto del imperialismo supusieron un cambio cardinal en la distribución de
las fuerzas de clase dentro de las sociedades capitalistas más desarrolladas.
Las clases dominantes de los países imperialistas, conservando íntegramente la
propiedad sobre los medios de producción, tuvieron la posibilidad de compartir
con sus trabajadores una pequeña parte de los beneficios, obtenidos del saqueo
imperial. En su trabajo “Imperialismo y división del socialismo” Lenin
describía la situación creada de la siguiente manera:
“La
explotación de las naciones oprimidas, directamente relacionada con las
anexiones, y sobre todo la explotación de las colonias por un puñado de
“grandes” potencias convierte cada vez más al mundo “civilizado” en un parásito
sobre el cuerpo de centenares de millones de los pueblos no civilizados. El
proletario de Roma vivía a costa de la sociedad. La sociedad actual vive a
costa del proletario. Esta profunda observación de Sismondi Marx subrayaba
sobre todo. El imperialismo cambia el asunto un tanto. La capa privilegiada del
proletariado de las potencias imperialistas en parte vive a costa de centenares
de millones de los pueblos incivilizados.”
Es decir,
que una parte importante de los proletarios de la metrópoli imperial – su “capa
privilegiada” – se había convertido en la copartícipe del expolio de las
colonias, beneficiaria de una parte de los superdividendos y, con respecto a la
población de esas colonias, se había transformado en la clase explotadora. Ya
no se trataba del mismo proletariado al que se dirigían Marx y Engels en el
“Manifiesto” – el que “no tenía patria” y que “no tenía nada que perder salvo
sus cadenas”. Se trataba de la “aristocracia obrera”. Su bienestar material y
su estatus social ya no dependían tanto de los éxitos y fracasos en la lucha
contra su burguesía, como del avance y profundización de la expansión
imperialista de “su propio” estado. Comenzó a cambiar de raíz la relación del
proletariado con la institución del estado burgués. Al asumir las funciones de
redistribución de la riqueza nacional, este último de una máquina de opresión
de clase y de represión que en el transcurso de la revolución los obreros
debían destruir y sustituir por el estado que luego debía desaparecer de la
dictadura del proletariado, se había convertido en el “proyecto común” de los
trabajadores privilegiados y las clases dominantes.
La
transformación de las relaciones de producción, característica de la fase del
afianzamiento del imperialismo, debía reflejarse en la conciencia de clase y,
en consecuencia, en el contenido de la lucha política de la clase obrera
occidental. Fue cobrando fuerza la tendencia hacia la colaboración, pactismo
con la burguesía nacional, reflejada en las tendencias conocidas como el
oportunismo y el social-chauvinismo. La social-democracia revolucionaria de
hecho se convertía en una fuerza contrarrevolucionaria, en el “partido obrero
burgués”.
Precisamente
en este período de la división del movimiento obrero entre el revolucionario y
el oportunista se forman aquellas estructuras sociales que después pondrían las
bases del actual “estado social”. El ejemplo más claro es el así llamado
“socialismo prusiano”, introducido en la Alemania de Bismarck y que por primera
vez estableció el sistema de seguridad social y pensiones de jubilación. La
primera variante del socialismo prusiano fue la teoría del socialismo estatal
de Lassale, quien anunció que la clase obrera era la portadora de la “idea pura
del estado” hegeliana.
De modo que
el nacimiento y los primeros pasos del estado social estaban indisolublemente
unidos a la política de clase del imperialismo occidental y la vía tomada por el
movimiento obrero europeo de unión y colaboración con el capital nacional.
La siguiente
etapa en el fortalecimiento y desarrollo del estado social, durante el cual
alcanzó su máximo esplendor y adquirió el aspecto que conocemos por el pasado
reciente del “estado del bienestar”, fue durante los años de entreguerras de la
“Gran depresión”, “New Deal” rooseveltiano, el estado corporativo del fascismo
italiano y del nazismo alemán, y, claro está, durante el período de la “Guerra
fría” de la posguerra – la época de la lucha global entre el llamado
“imperialismo de la Tríada” (EE.UU., Europa Occidental y Japón) y el socialismo
soviético. En esa etapa la política del estado social cumplía dos objetivos
principales: en primer lugar “salvar el capitalismo de sí mismo”, es decir
resolver la contradicción entre la producción socializada al máximo,
monopolizada y los mecanismos de distribución de mercado, y, en segundo lugar,
luchar contra la difusión y la práctica del comunismo. El logro de estos
objetivos (fundamentalmente del segundo) exigía la máxima consolidación de las
sociedades occidentales, la creación de una base de clase lo más amplia
posible, lo cual, por supuesto, suponía una considerable redistribución tanto
del poder político, como de los bienes materiales. Los círculos gobernantes de
las principales potencias imperialistas tuvieron que hacer cesiones sin
precedentes en la esfera de los derechos sociales y libertades cívicas,
incluyendo de hecho hasta dos tercios de asalariados en la capa de la “aristocracia
obrera”. La reconstrucción de Europa y de Japón después de la guerra, así como
la colosal carrera de armamentos, crearon las premisas para el largo
crecimiento económico con la inflación baja, acompañado de un nivel de
desempleo también muy bajo. La ausencia de dificultades para encontrar el
trabajo y amplias garantías sociales convertían el capitalismo en atractivo
para la mayoría de los obreros occidentales y creaban una imagen favorable para
los pueblos de los países en vías de desarrollo que habían alcanzado la
independencia. El bajo nivel del desempleo creaba la ilusión del “derecho al
trabajo”, mientras que el continuo crecimiento del bienestar acompañado del
florecimiento del liberalismo burgués se inscribía perfectamente en el seductor
concepto del “socialismo con el rostro humano”.
Sin embargo
el topo de la historia poco a poco proseguía con su trabajo. Debajo de la pía
apariencia del florecimiento y falsa “paz social” maduraban las premisas para
la redistribución de turno del poder y de la propiedad. Por algún tiempo el
“capitalismo organizado” había logrado ahogar el dolor del antagonismo de clase
dentro de las prósperas sociedades occidentales, pero las contradicciones
profundas del método capitalista de producción seguían ahí y tan solo esperaban
el momento oportuno para, asemejando la lava volcánica, irrumpir en la
superficie. Por un lado, el proletariado europeo y norteamericano que había
sentido su fuerza, convertido para entonces en la “clase media”, exigía una
mayor participación en los beneficios. Por otro lado, la gran burguesía
imperialista en cuyo seno, siguiendo la lógica objetiva del desarrollo del
capitalismo monopolista, cada vez mayor peso adquiría el sector financiero, no
pensaba seguir tolerando la pesada carga del consenso de posguerra y se
preparaba para el enfrentamiento definitivo para devolver las posiciones
perdidas. La situación se caldeaba también por el movimiento de liberación
anticolonial apoyado por el bloque soviético, que complicaba considerablemente
el proceso de la extracción de los beneficios de la explotación de los países
poscoloniales por parte del Imperio.
El orden
económico keynesiano, basado en la intromisión activa del estado en la economía
y el favorecimiento de la demanda del consumo, así como del “estado del
bienestar” creado por ese orden, recibía críticas desde la derecha y desde la
izquierda. Como suele suceder en la historia, en la lucha de clases vencen los
más organizados, unidos e ideológicamente consecuentes. En los años 60 y 70 del
siglo pasado la ventaja en todos estos componentes estaba del lado de la gran
burguesía imperialista. Sus organizaciones políticas resultaron ser más
fuertes, más combativas, sus líderes más carismáticos, sus ideas más atractivas
y comprensibles para las amplias capas pequeñoburguesas, sus apologistas más
convincentes y agudos que los de la izquierda. El programa del giro neoliberal
detalladamente elaborado por las principales instituciones ideológicas de
Occidente en los años 1950-60 se puso en marcha inmediatamente después de la
crisis de petróleo de 1973. Comenzó el consecuente desmontaje de los institutos
del estado social. El primer y más fuerte golpe contra la clase obrera
occidental fue el fuerte aumento del paro. Hacia los mediados de 1975 el número
de los parados totales en los países capitalistas desarrollados había alcanzado
15 millones. Además, más de 10 millones comenzaron a trabajar la semana
incompleta o fueron temporalmente despedidos de las empresas. Se redujeron los
ingresos reales de los trabajadores. Los indicadores medios del nivel del
desempleo en los principales países capitalistas aumentaron 3-5%. Pero no se
trata tanto de los parámetro cuantitativos que reflejan la dinámica del
crecimiento del paro, como de los cambios cualitativos en todo el espectro de
relaciones entre el trabajo y el capital que se habían creado en la época del
“estado del bienestar” keynesiano. En los años de posguerra el aumento de la
influencia de los sindicatos, ampliación del sector estatal, desarrollo de la
legislación laboral progresista, aumento de la protección social y otros
elementos estructurales seudosocialistas del “capitalismo organizado”,
propiciaron que gran parte de los puestos laborales se salieran de la esfera de
relaciones de mercado. Este fenómeno fue llamado por los economistas y los
sociólogos la “decomodificación del trabajo”. En los principales países
imperialistas, así como en las social-democracias escandinavas dentro del
mercado laboral habían aparecido sectores enteros en los que los obreros y los
empleados estaban prácticamente blindados contra el despido, recibían salarios
aumentados y amplio espectro de beneficios sociales correspondientes, como la
baja pagada por enfermedad, pensión asegurada a cargo del empleador etc. Esos
sectores privilegiados de la “aristocracia obrera” podían existir gracias a la
explotación del trabajo mal pagado en los países del Tercer mundo y la parte no
privilegiada de los trabajadores (básicamente las minorías étnicas o
inmigrantes) en sus propios países.
Los
trabajadores, empleados en esos sectores del mercado laboral de bonanza,
protegidos frente a los bruscos cambios de oferta y demanda, fueron los
principales beneficiarios de la organización político-económica de posguerra,
hasta el comienzo mismo de las reformas neoliberales.
Con el
comienzo de la privatización masiva de las empresas estatales, la caída de la
influencia de los sindicatos bajo los golpes de los regímenes de derecha
conservadora de Reagan, Thatcher y Koll, con la extensión del paro masivo, la
proporción de la “aristocracia obrera”, que disfrutaba del “socialismo” dentro
del capitalismo, en el ejército global de asalariados comenzó a reducirse
rápidamente. A partir de entonces los “aristócratas” tuvieron que competir en
el “mercado libre” con sus hermanos de clase por el número mucho menor de
puestos laborales. De nuevo como en los buenos viejos tiempos del capitalismo
“no organizado” su fuerza de trabajo se había convertido en una mercancía. Pero
la cosa no quedó ahí. Aprovechando el derrumbe del campo socialista, el paso de
China a las vías del capitalismo neoliberal y la apertura de los mercados de
los países en desarrollo a la expansión ilimitada del capital extranjero, la
gran burguesía imperialista puso en marcha el proceso de desindustrialización
de sus países. Comenzó a sacar los puestos de trabajo de los ricos países
industriales a los países pobres con abundante fuerza de trabajo y ausencia de
legislación laboral. Ahora el obrero occidental mal acostumbrado por el “estado
social” tenía que competir por su puesto con su hermano chino, vietnamita o
indonesio. El nuevo imperialismo de las estructuras financieras globales y
corporaciones transnacionales ya no necesitaba al proletariado propio. Este
podía olvidar para siempre su participación en los beneficios con los derechos
casi que de socio.
El análisis
objetivo histórico-materialista del “estado social” demuestra su estrecha
relación con el desarrollo del imperialismo – la superior y última fase del
capitalismo. La vida y el destino del estado social en sus diversas modalidades
dependen del carácter de las relaciones entre el capitalismo interior de las
potencias imperialistas y los intereses externos de la clase dirigente
imperialista. James Petras llama esas relaciones “conflicto entre la República
y el Imperio”. En su día República, desgarrada por las contradicciones
internas, parió el Imperio, que por un lado retomó parte de sus
contradicciones, pero por otro la surtió de los recursos necesarios para su supervivencia.
Hoy al Imperio le pesa cada vez más la República, porque la burguesía imperial
obtiene su principal beneficio de la expansión exterior, y no de la explotación
de su propio proletariado patrio. Este antagonismo encueta su expresión en el
desmontaje del estado social, en la liquidación de los privilegios del trabajo
asalariado imperial y, como consecuencia la paulatina proletarización de la
“aristocracia obrera”. Hasta qué punto este retorno “al punto de partida” de la
clase trabajadora occidental puede llevar a su radicalización, a la comprensión
por parte de sus dirigentes de que la lucha por los restos del estado social
está condenada y que es necesario transformarla en la lucha por el socialismo y
la dictadura de los trabajadores – en gran medida dependerá de las dimensiones
y la profundidad de la crisis que está en marcha.
En
sustitución del “estado social”, o, utilizando la expresión de David Harvey,
del “liberalismo incorporado”, viene la dictadura. Su llegada es prácticamente
inevitable, y de nosotros tan solo depende hoy su contenido de clase. ¿Cómo
será? ¿Marcharán las masas de los trabajadores desesperados y desilusionados
con el capitalismo bajo el lema ¡Proletarios de todos los países uníos!” hacia
el poder de la gente trabajadora o, después de inflarse de cerveza y con ojos
saltones, al grito de “¡Fuera de mi país!”, a través de la masacre y los
pogroms de “negratas”, se lanzarán directamente hacia la dictadura
nacional-fascista? La respuesta depende de las fuerzas de la izquierda – de su decisión,
cohesión y madurez ideológica.
Nota del
traductor: este artículo fue escrito en 2010 pero su planteamiento es muy
actual. Desde un análisis estrictamente marxista ortodoxo llega a las mismas
conclusiones que Dzhemal o Khazin (cada cual desde su postura, estos dos
autores ya publicados en el CEPRID) de que estamos en un momento decisivo de
cambio político-social a nivel global.
Levaya
Rossiya /Rusia de izquierda
Traducción
directa del ruso de Arturo Marián Llanos para Interunión y el CEPRID

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