Mario Draghi, un poder fáctico europeo
Artículos de
Opinión | Juan Hernández Vigueras | 01-10-2012 |
Mayer
Armschel Rothschild, el patriarca de la que sería luego la más poderosa
dinastía de banqueros, dijo en 1791: “Dejadme que emita y controle la
moneda de una nación y no me importará quien haga las leyes”. Desde
entonces probablemente nadie como Mario Draghi con su sonrisa enigmática ha
hecho verdad aquella famosa frase histórica actuando como presidente del Banco
Central Europeo.
Cuentan que
los cinco hijos de aquel primer Rothschild fueron enviados a las
principales capitales de la Europa del siglo XVIII – Londres, Paris, Viena,
Berlín y Nápoles – con la misión de establecer un sistema bancario que
estuviese fuera del control de los gobiernos. La idea era lograr que la
política y la economía de las naciones estuvieran controladas por los banqueros
para su propio beneficio. Así surgió un “banco central” de propiedad privada
(luego público) que se estableció en casi todos los países; y el sistema de
bancos centrales (ahora independientes de los gobiernos) ha logrado
finalmente el control sobre las economías, en particular en el Eurogrupo
gracias al BCE. Con autoridad para imprimir dinero en sus respectivos países,
generalmente los bancos centrales prestan dinero a los gobiernos para pagar sus
deudas y financiar sus proyectos, salvo en el caso del BCE cuyos estatutos le
prohíben prestar euros a los Estados miembros (art. 123 del Tratado de la UE)
aunque sí a los bancos de los países, contribuyendo así a potenciar la
intervención de los mercados financieros en el endeudamiento de los gobiernos.
El resultado
ha sido una economía financiera globalizada en la que no solamente la industria
sino los gobiernos mismos funcionan sobre el “crédito” (o la deuda) creado por
un monopolio de bancos internacionales que encabeza una red de bancos centrales
incluido el BCE; y en la cumbre de esta red está el “banco central de los
bancos centrales”, el Banco de Pagos Internacionales de Basilea (Suiza),
auténtico regulador bancario en la sombra conocido por sus siglas en inglés
(BIS) al que dedicamos un capítulo en El casino que nos gobierna (El
casino que gobierna el mundo en la edición argentina).
El BCE
encarna como ningún otro banco central la idea genial del primer
Rothschild, porque este banco central ni siquiera supervisa las cuentas de los
bancos de la eurozona a los que presta dinero (algo que ahora se quiere
remediar) y es el único banco central del mundo amparado por un tratado
internacional, con autonomía e independencia frente al Consejo y demás
instituciones y gobiernos europeos para velar únicamente por la
estabilidad de los precios sin responsabilidad sobre el crecimiento económico y
el empleo. Y en esta larga etapa de crisis económica y desconcierto
institucional que padecemos en Europa, nadie más indicado para ocupar el puesto
de presidente del BCE que un tecnócrata global como Mario Draghi, doctor en
economía por el Instituto Tecnológico de Massachussets, que antes de
gobernador del Banco de Italia había tenido una sólida carrera
internacional como miembro del BIS y del banco mundial de inversiones Goldman
Sachs, escuela de mandarines estadounidenses.
Como vicepresidente
para Europa de Goldman Sachs International con sede en
Londres, uno de sus máximos responsables hasta 2005, este banco de negocios
asesoró técnicamente al jefe de gobierno conservador Kostas Karamanlis
paraocultar la verdadera magnitud del déficit griego; un fraude que condujo a
la crisis financiera de Grecia surgida en 2010. De hecho, en junio de
2011, en el Parlamento Europeo fue interrogado sobre esos hechos alegando en su
defensa que su responsabilidad se centraba en empresas y no en gobiernos, como
si no hubiera asistido a las reuniones del comité ejecutivo del banco al que
pertenecía.
Por tanto,
era el hombre experimentado para servir a “los mercados” en una etapa histórica
del dominio financiero sobre los Estados europeos, donde el B
CE es la
única institución con poder propio sobre la moneda común de 17 países, el euro,
puesto que fija su volumen y su precio (el tipo de interés) e indirectamente
determina el coste del endeudamiento de los bancos, de los hogares y de los
Estados del Eurogrupo. Un poder político que Mario Draghi ejerce con destreza
sobre los países del euro.
Por un lado,
tenemos las muestras de su capacidad persuasiva para calmar los mercados
financieros de vez en cuando desalentando la venta de bonos soberanos. A
finales de julio bastó una frase Draghi afirmando que “el BCE está dispuesto
para hacer lo que haga falta para salvar el euro” para hacer bajar
sustancialmente la prima de riesgo de España e Italia durante largas semanas;
es decir, sus palabras fueron suficientes para disminuir el coste del
endeudamiento creciente de los gobiernos del Sur. En el lenguaje codificado de
“la comunidad financiera” se interpretó como una señal positiva enviada a los
“inversores” de corto plazo, es decir, a los especuladores. Las expectativas
suscitadas por la citada frase, que tuvo gran eco en la prensa mundial, le
sirvieron para ejercer un control remoto sobre la política europea desde ese
momento.
Y días más
tarde Draghi nos daba una muestra de ese control que ejerce sobre las políticas
económicas de los gobiernos en apuros y sobre la eurozona, al mismo tiempo que
ridiculizaba al actual jefe del gobierno español que le pedía públicamente que
comprara bonos del Sur a los bancos para bajar la prima de riesgo; y como
respuesta desde Francfort le ponía en el brete de tener que pedir un segundo
rescate, esta vez total, si quiere que la prima de riesgo no se dispare.
Nuevamente, el jueves 2 de agosto cumplía o superaba las expectativas de los
mercados al anunciar que el BCE estaba dispuesto a comprar cantidades
ilimitadas en bonos con vencimiento de hasta tres años de países que pidan un
rescate y cumplan estrictas condiciones. Y esa condicionalidad la establecía
Draghi sin ser miembro del Consejo europeo de jefes de Estado y de gobierno de
la UE. Marcaba, pues, el camino para rescatar la eurozona, marginando la voz
disidente del Bundesbank alemán. Al gobierno español ya no le quedaba la excusa
de que antes de pedir más ayuda necesitaba conocer las condiciones. Las reglas
están fijadas por Draghi: ahí tenéis las condiciones que queríais conocer,
compraré bonos a los bancos españoles pero pedid antes el rescate. “Mario Draghi: salvador o ejecutor” rotulaba Europapress los diversos
comentarios de la prensa europea al respecto que subrayaban el poder del que
había hecho gala frente a una situación complicada por el vacío institucional
europeo.
Y a todo
esto tenemos que añadir la capacidad de Draghi para diseñar el futuro de
Europa; sobre todo, hacia “los mercados” ofrece una imagen de sumo sacerdote de
la política europea, justificando las injustas políticas de graves recortes
sociales en los países del Sur, donde la izquierda brilla por su debilidad y su
fraccionamiento. Es capaz de augurarnos el futuro, un futuro que va camino de cumplirse.
El 24 de febrero de 2012, el The Wall Street Journal recogía unas palabras de
Draghi en Francfort, muy reveladoras de su concepción neoliberal para gloria de
“los mercados”, afirmando que no hay escapatoria para las medidas de austeridad
en Europa y que el contrato social europeo se ha quedado obsoleto. Este
periódico financiero destacaba que Draghi “se ha ganado las alabanzas de los
inversores por su gestión de la crisis en meses recientes “(en esas
fechas llevaba solo cuatro meses escasos en el nuevo cargo). Desde su posición
preeminente advertía Draghi que “dar marcha atrás en los objetivos de ajuste
fiscal suscitaría una inmediata reacción del mercado, empujando al alza los
diferenciales de los tipos de interés”, la mal llamada prima de riesgo. Más
aún, sostiene en esa entrevista que “se ha acabado” (“is already
gone”) el tan alabado modelo social europeo, que prima la seguridad
en el empleo y ofrece redes de seguridad generosas. Nadie le desautorizó.
He ahí, cómo
Draghi exhibe su poder supranacional en una Europa de instituciones
ademocráticas, un personaje al que no han votado los ciudadanos europeos de
ninguno de los 17 países que comparten el euro. Una prueba más que de que nos
estamos jugando la democracia en la gestión de esta crisis. Y mucho más en
España con el actual gobierno tan poco respetuoso con la ciudadanía y tan
patoso en la gestión europea que ha optado por rendirse ante “los mercados” y
quienes los representan.
Publicado en
La Europa opaca de las finanzas

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