Artículos de
Opinión | Ingo Niebel | 16-03-2014 |
Parece que
se ha olvidado esta máxima en Alemania porque en mi Isla de la Felicidad se ha
hecho de moda llamar “ultranacionalistas” a los neonazis de Svoboda y cía. Esta
“reconversión semántica” se debe a que gracias a la intervención del
socialdemócrata alemán Frank-Walter Steinmeier, a la sazón ministro de Asuntos
Exteriores, sin olvidar la ayuda de sus homólogos, el francés Fabius y el
polaco Sikorski, los bisnietos ideológicos de Hitler y de su colaborador
ucraniano Stepan Bandera están ahora en los puntos clave del poder político en
Kiev. Hay fotos que documentan este extremo.
En Alemania
presentadores y políticos tuvieron que marcharse por haber empleado algún
eslogán del lenguaje propagandístico nazi por descuido y sin pertenecer a esta
versión alemana del fascismo internacional.
En Alemania
el SPD y otros partidos han llevado ante la Corte Constitucional al partido
neonazi NPD por considerarlo anticonstitucional – ahora el SPD lleva a los
“Kameraden” ucranianos de los fascistas alemanes al poder en Kiev.
Esta es una
de aquellas contradicciones que sólo la socialdemocracia sabe producir sin que
se levante la más mínima protesta.
Hoy, la
diputada del partido Die Linke (La Izquierda), Ulla Jelpke, critica en
un artículo, publicado por el diario junge Welt, a su propio partido
porque “de forma contínua se llama al diálogo con todos los actores y a una
solución pacífica”. Pienso que “diálogo” y “paz” son dos conceptos
incompatibles con el fascismo al ser una ideología que se basa en el orden, el
mando y en la razón de la fuerza del más fuerte.
Ante la
desorientación de la izquierda alemana (en general) ya no me extraña que la
estadounidense Hillary Clinton ha podido llamar “Hitler” a Vladimir Putin.
Parece que la confusión de conceptos y de hechos históricos ya no tiene límite
alguno.
La política,
“demócrata” ella, no es la única; su par alemán es el nuevo director de la
oficina de la fundación Konrad Adenauer (KAS) en Uruguay, Georg Eickhoff. “
Pero lamentablemente falta el caudillo capaz de unificar. #Venezuela” tuiteó
sobre las “guarimbas” el 2 de febrero. Hace años el alcalde cristiano demócrata
se largó de su pueblo germano hasta la lejana República Bolivariana poco antes
de que el consejo municipal le echase del cargo por haber llevado el municipio
a la bancarrota. Durante su estancia en Caracas, Eickhoff comparó
constantemente la política del presidente Chávez con el nazismo alemán. Y ahora
está buscando un “caudillo”. Tanto tiempo en América Latina y todavía no se ha
dado cuenta de los cambios que se han producido en el continente desde 1998
gracias también al comandante supremo de la Revolución Bolivariana.
Volviendo al
Viejo Continente, ayer Hermann Tertsch disertó en su artículo “Ucrania, el genocidio de Stalin”,
publicado por ABC: “El dictador soviético asesinó entre 1932 y 1933 a 7
millones de ucranianos, algo que ni Hitler logró.” Los revisionistas de los
crímenes nazis a ambos lados de los Pirineos se habrán alegrado al leer esta
“comparación” que deja bien al “Führer”. A Tertsch se le olvidan al menos tres
cosas: primero, unos 20 millones de ciudadanos soviéticos pagaron con sus vidas
por la agresión nazi; segundo, en los planes de los nazis, Ucrania debería
haberse convertido en la “cámara de trigo” del Reich y para ello Berlín
necesitaba esclavos. “Excluidas” de esta medida quedaron aquellas personas
calificadas de “judíos” y/o “comisarios políticos”, porque de éstas se ocuparon
ipso facto los escuadrones de muerte de las SS y del Ejército alemán mientras
que los presos de guerra soviéticos se morían de hambre en los campos. Tercero,
el Estado español apoyó esta “guerra de exterminio” nazi enviando al “frente
del Este” la “División Azul”, a la que hoy en día rinden homenaje no sólo los
(post)franquistas como el PP, sino también el PSOE.
¡Vaya
ambiente que se está formando en algunas cabezas si no se hace memoria
histórica!
Y para más
inri, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, acaba de decir
en relación con el referéndum de Crimea: “Nadie debería intentar de trazar
nuevas fronteras en el mapa de la Europa del siglo XXI”.
Tal vez esta
frase no me daría tanto a pensar si el jefe político de esta organización
militar hubiera utilizado algún nombre concreto en vez de la variable “nadie”.
Ahora, este “nadie” puede ser Putin, pero también Arturo Mas o Sean Connery o
cualquier otra persona en Escocia, Catalunya, Euskal Herria o donde sea, la
cual quiere recurrir al derecho a decidir para saber si hay mayoría para
cambiar alguna parte del mapa europeo.
Lo que vemos
en Ucrania es un peligroso pulso geopolítico entre EEUU, la OTAN y la UE por un
lado, y Rusia por el otro. Al haber perdido la guerra por Siria y el puerto
militar ruso en ese país, la Santa Trinidad del Imperialismo occidental quiere
lograr una victoria estratégica atacando a Moscú desde Ucrania. No se trata de
una batalla de ideas, sino de una guerra en la que todo vale, incluida la
colaboración con los fascistas. La cuestión ya no es lo que Putin es o lo que
deja de ser, sino quien está con los fascistas y quien no.
Y lo que me
inquieta no son los neonazis de aquí o de allá porque gracias a su ideología y
la Historia sabemos cómo vencerlos – digo sólo “primero Stalingrado, después
Nuremberg”. Espero que no tengamos que volver a estos extremos. Pero infunden
desconfianza aquellos “demócratas” (me da igual si llevan el “cristiano” o el
“social” por delante) y aquellos “izquierdistas” que por posibilismo político
intentan justificar lo injustificable: colaborar con fascistas.
Fuente:
naiz.info

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